Carolina Váscones

¿Qué es para mí bailar?

Bailar para mí es arrojarme en mi ser más íntimo. Es estar totalmente conectada con la vida que soy, es estar totalmente consciente del presente, es sumergirme en un ahora ineludible. Bailar para mí es vivir en un estado de comunión con el mundo y conmigo misma. La danza es el territorio que me permite vivir. Es un acontecimiento que está dentro de mí. Soy moviéndome, respirando, mientras mi piel, mi musculatura, mis huesos, mis órganos, mis fluidos, mi roja sangre, mis emociones, mis pensamientos, mi espíritu se conjugan en un solo hecho: crear a través de mi totalidad en movimiento. 

Yo nací para bailar, esa es mi misión. Bailar es también explorar territorios inexplorados, descubrir cada día zonas jamás visitadas. Hacer una arqueología constante. Cavar, cavar, cavar y nunca llegar a saciar el deseo de encontrar. Tengo mucha claridad con respecto a que no hay una danza por ahí para ser alcanzada -si yo no bailo, no existe la danza-, la danza está dentro de mí -yo soy la danza-.

¿Enseño lo que bailo?

La profesora y el profesor deben saber que su tarea es liberar. También deben saber que lo que no se da, se pierde, que es preciso enseñar todo lo que se sabe, y dejar abierta la posibilidad de que el que aprende pueda expandir sus posibilidades y superar al maestro. De hecho, el cuerpo humano evoluciona de manera impresionante y las generaciones van adquiriendo habilidades impensables en el movimiento. La persona que desea desarrollar su movimiento debe adentrarse en sí misma en un terreno salvo. Esto quiere decir en un territorio donde sea respetado y sea guiado con un enfoque positivo, en un ambiente adecuado y sin juicios sobre el cuerpo que sería sin expectativas de lo que debería ser. La tarea de la docencia, es compleja, pues mientras se enseña, el que enseña debe trabajar en sí mismo.

Es una responsabilidad grande guiar a las personas en la búsqueda de su propio movimiento pues esa guía debe ser generosa, libre de juicios, amorosa, y el que guía debe estar dotado de plena confianza en las capacidades del que es guiado. Si quien enseña no confía en quien aprende, no se produce el intercambio, no se produce la alquimia, la transformación, la liberación del cuerpo. 

Guiar el aprendizaje hacia el encuentro con la propia esencia, libre de ego y de juicio. Contactar con la dramaturgia del cuerpo, con el cuerpo que se es, un organismo vivo, con piel, con musculatura, con huesos, con órganos, fascias, sangre, fluidos, células, moléculas, cuantos y cuerdas. 

Llevar al que aprende, a la que busca a encontrar el espacio dentro de sí mismas, a entender el vacío, no como un concepto, sino como una profunda vivencia. Entrenar a las personas a vivir el instante a través de la respiración. Utilizar la inhalación y la exhalación y los momentos de suspensión del aire como herramientas colaborativas del movimiento. Como completar el movimiento con la energía, con la ley de la gravedad, con la intención. 

Bailar es una tarea compleja, que tiene muchas aristas, requiere de mucho entrenamiento, de mucha presencia, de manejo de energía, de una mente dispuesta a saltar al vacío, enfocada constantemente. Requiere de un cuerpo vivo, sensible, despierto, confiado. La única manera de bailar es vivir intensamente lo que se es, lo que se siente, habitarse más allá de cualquier cosa. Lo que bailo es lo que surge de mi ser, solo puedo enseñar lo que conozco, pero trato también a través de la docencia, de aprender lo que creo que me falta conocer o investigar los aspectos que, creo, podrían expandir mi conocimiento. Ampliar mi mundo. 

Cuando bailo un solo, es muy personal lo que sucede; sin embargo, cuando he montado mis solos para otras bailarinas, lo he hecho desde la certeza de que todas y todos pasamos por circunstancias similares y que cada cuerpo puede resolver a su manera el concepto planteado en la obra. Enseño lo que creo que es esencial. Lo que es importante para liberar los cuerpos, lo que conduce a recobrar a la persona.

¿Cómo aprendo?

Aprendo sumergiéndome en el universo entero. Ahora aprendo con mucha confianza. Sabiendo quién soy con la certeza de que el aprendizaje es infinito. Aprendo más bien recordando lo que ya sé, lo que siempre he sabido. Para aprender hay que estar dispuesto a hacerlo. Estoy dispuesta a aprender de las piedras, de las montañas azules, de los gatos salvajes, de los perros viejos, del canto de los pájaros. Aprendo de los libros, del espacio entre las hojas y ramas de los árboles, del canto de las ballenas. Cuando coso y ensarto la aguja, también aprendo. Cuando con mis manos creo seres de hilos y telas, también aprendo. Aprendo cuando respiro conscientemente. Cuando me siento en quietud, cuando escucho los sonidos desde el corazón. Aprendo haciendo pan. Aprendo hablando con mis hijos. Aprendo siendo guiada por otras bailarinas.

Quito, 2020

Foto: Enrique Váscones

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