Danzar es comunicarse.

Dibujo sobre fondo crema con trazos circulares en azul.
Ilustración: Dibujo personal

Es el contacto entre el ser y los otros seres del mundo. El juego de movimientos voluntarios e involuntarios y la impermanencia en la quietud. Encontrar complicidad y relaciones no verbales. Aliarse con lo indescriptible e irrepetible de la naturaleza. Desenfocar el Yo racional para sentir la mutación en la interacción instantánea del presente.

En la infancia me alucinaron las prácticas de Taekwondo, Break-dance, bailar como Michael Jackson, observar e imitar a los payasos de circo junto con mi hermano. En la adolescencia me influenciaron las artes marciales, el yoga, la meditación, las danzas sagradas de Gurdjieff (escuela del cuarto camino). A los 18 años aprendí a bailar salsa cubana, rueda de casino, luego encontré el tango, la capoeira angola, el clown y la danza de contacto improvisación. En ese trayecto estudié psicología clínica y realicé procesos psicoterapéuticos de bioenergética. Ahora descubro en la especialización de la psicoterapia Reichiana y de Experiencia Somática al “encuentro terapéutico” como una forma de danza, un arte en sí mismo. Observo que la técnica en todas las formas puede y debe estar al servicio de un flujo que libera y sana y no al contrario. La danza ha sido, para mí, estar en relación, estar aquí, presente.

Me encontré con la danza contemporánea siendo profesor de Contacto Improvisación, Clown y Teorías del Aprendizaje por tres años en la carrera de danza de la Universidad de las Artes. Me doy cuenta de que la idea de alcanzar un éxito, un virtuosismo competitivo y una fama, han influenciado mucho al mundo de la danza en general. Como facilitador propongo transitar por fuera de esos objetivos. Creo que las personas bailamos inspiradas por varios motivos, entre los cuales distingo la expresión y canalización de emociones, la expansión de la creatividad, la afirmación de la imagen personal, el reconocimiento profundo del sí mismo y de los otros y el sentido de pertenencia. Considero importante reconocer y apoyar estas y otras motivaciones en cada ser danzante para generar confianza y dedicación.

Entre algunos principios pedagógicos que comparto están: observar la cualidad de expansión y contracción presente en la naturaleza, abrir una relación colaborativa de escucha y propuesta mutua entre compañeros/as, encontrar equilibrios entre las estructuras (consignas, ejercicios técnicos) y el flujo libre espontáneo, explorar la gravedad y los sentidos, buscar que el movimiento reflejo reemplace al movimiento intencional, observar la relación entre la mente y la materia, entre el yo y el tú, entre un cuerpo y otro, recibir los aportes que brindan las prácticas somáticas e investigaciones artísticas y científicas de la relación mente-cuerpo.


La danza de contacto improvisación es una práctica no jerárquica, no competitiva, sin premios o medallas, no tiene pasos establecidos y la música no guía el movimiento. Para mediar el aprendizaje de esta forma de danza proponemos la exploración del órgano de los sentidos más amplio y grande del cuerpo, la piel; su cualidad de apuntar a todas las direcciones al mismo tiempo, su reciprocidad inmanente, la particularidad de tocar y ser tocado a la vez. Es importante abrirse a un cambio de paradigma para incorporar una danza donde la consciencia no dictamina a priori el movimiento, sino que observa y aprende de este, es decir, que surge no desde el diseño mental sino desde la sensación física como impulso que lo genera.

 

Proponemos la relación con el piso, el juego libre, el contacto físico entre individuos, el llevar y ser llevado corporalmente, la sintonía o no sintonía con el otro/a, la actitud de aceptación o de negación de una propuesta desde el lenguaje corporal. Sabemos que estas situaciones actualizan memorias implícitas que, como seres biológicos, psicológicos y sociales, integramos junto con emociones, imágenes, comportamientos y significados que se vuelven conscientes y, por lo tanto, susceptibles a un aprendizaje, a una transformación personal y/o una creación artística.

Desde niños jugamos espontáneamente por el hecho de tener curiosidad y representamos para nosotros mismos la realidad que percibimos. La respiración es orgánica, los movimientos peristálticos son orgánicos, así como llorar, reír y moverse son condiciones involuntarias, espontáneas, que pueden ser conducidas o crónicamente reprimidas. Los seres humanos tomamos lo orgánico y lo usamos de forma intencional generando expresiones que, en algún momento, pueden aparecer en el terreno artístico. Aquí es interesante la pregunta: en qué momento el sonido se hace música, en qué momento las palabras se hacen poesía, cuándo el movimiento se convierte en danza, etc. ¿En qué momento lo orgánico se transforma en técnica? En algunas culturas ancestrales nos encontramos con prácticas milenarias de movimiento y respiración que se han convertido en técnicas con múltiples objetivos. Creo que instrumentalizar lo orgánico tiene que ver con ampliar la conciencia y continuar la evolución, implica generar hábitos de manera intencional para alcanzar algo que no sucede por sí solo en la naturaleza; el arte y sus procesos son parte de la condición humana.

Considero lo lúdico como plataforma de aprendizaje. Me encuentro con estudiantes de danza y de artes que tienen una expectativa y unas exigencias muy solemnes. Jugar hasta encontrar la no pretensión se transforma en un contenedor que genera familiaridad, espontaneidad y desinhibición en un ambiente seguro. Esto es fundamental para la apertura al aprendizaje, así como colocarse al mismo nivel de los estudiantes, jugando con ellos. Para esto generamos estructuras que son espacios y tiempos para compartir, instigar y contagiar el asombro de percibir la naturaleza, el misterio del presente; ser animales instintivos, orgánicos, hojas al viento, olas, fuego, espirales y lo que posibilite la imaginación. Aprendemos juntos a canalizar el Ser de cada uno, aprendemos a entrar en sintonía con un flujo que aparece con la complicidad, con el placer, creando un continente que alimenta lo tangible de la confianza.

Habiendo enraizado lo anterior nos abrimos a la idea de que, gracias al error, aprendemos. Cuando entramos en la confianza de perder, de no hacerlo bien, de intentarlo otra vez desde la incertidumbre. Aprendemos cuando aceptamos la falla y emerge una esperanza, una curiosidad para seguir probando, copiando, preguntando, observando y encontrando. Sintiendo la presencia física, afinando la atención una y otra vez, presentando el nuevo conocimiento a lo ya conocido para generar sentido. Aprendemos acoplando o separando de forma consciente las relaciones orgánicas que existen entre las sensaciones, imágenes, comportamientos, afectos y significados de la experiencia personal y colectiva.

En clases compartimos experiencias a partir de ejercicios técnicos, lecturas, videos y actividades que permitan acceder a reflexiones y a estados no cotidianos de conciencia provocando una percepción diferente de uno mismo, de los otros y el entorno. Invitamos al juego creativo a través de estructuras para la improvisación. Los efectos terapéuticos del contacto físico, de las relaciones marcadas por lo sensorial e instintivo, de encontrar el error y la caída como fuentes de flujo del movimiento, y otros efectos más, son una consecuencia de los procesos que facilitamos.

En la práctica del contact están contenidas metáforas que cada persona va encontrando sobre la vida misma. Cuando se propone crear desde la sensación presente que cambia a cada instante y no desde una forma visualmente atractiva, esto implica el descentramiento del sentido de la vista para el sentido del tacto como principio generador de movimiento. Tiene que ver con la capacidad humana de pendular entre la imagen de sí mismo (ego) a la sensación de sí mismo (self). En este sentido tomamos de la psicoterapia corporal el uso de un “rastreo consciente” de las sensaciones como base de la conexión del cerebro reptil, límbico y neo córtex, favoreciendo la autorregulación del sistema nervioso y por lo tanto la capacidad de resiliencia y empoderamiento.

Tomando la propuesta de Steve Paxton de la Pequeña Danza sobre la observación de las sensaciones milimétricas del cuerpo en quietud, percibo el contact como una práctica tan profunda como la meditación Vipassana, el Mindfulness, la Experiencia Somática y otras propuestas terapéuticas y de autoconocimiento. Al tener su base en el “no hacer”, la danza surge de un intercambio gravitatorio cooperativo en el que la toma constante de decisiones aparece en el límite del control; el lugar donde el ego se flexibiliza para ponerse en el lugar del otro. Esto facilita la convivencia, el aprendizaje y la capacidad de descubrir valores a partir de las debilidades propias y ajenas.

Para esto, en clases, es fundamental integrar la investigación práctica de la gravedad, en donde la mente aprende del movimiento orgánico reflejo que surge en la constante orientación y desorientación corporal en el acto de caer. El desarrollo de una relación con la tierra (el piso) para saber caer sin hacerse daño, entrenar nociones básicas de Aikido (arte marcial japonés, base técnica del Contact), la ampliación de la cualidad de dar y recibir peso y contrapeso entre compañeros/as, descubrir el eje compartido del equilibrio, nos sirve para pasar de ser soporte a ser sostenido, de llevar a ser llevado, de la quietud al movimiento y viceversa, pudiendo conectar y empatizar con estos dos roles, siendo esto muy importante para la danza y el equilibrio en las relaciones.

El espacio “entre” que es una tercera fuerza que está en medio de dos o más danzantes como algo que ya no es ni “tú” ni “yo” sino “nosotros” aparece en esta práctica como una oportunidad de incorporar la entrega, el flujo y la certeza. Al mismo tiempo la posibilidad de decir “no” con el cuerpo (e incluso con la palabra) que se ejerce en esta forma de relación, abre la conciencia e importancia de los límites desde una práctica física concreta y simbólica a la vez.

La no jerarquización y la intención consciente de sus creadores de mantener el Contacto Improvisación como un sistema abierto ha hecho que esta práctica se alimente de otras formas de danza especialmente contemporánea, prácticas somáticas, artes marciales, acrobacia, etc. En mi caso, ha permitido integrar en mi danza y pedagogía elementos del arte del clown con el estado de juego y la apertura al error, de la Capoeira Angola con el uso del centro, la circularidad grupal y la predicción del movimiento, de la Psicología Corporal Reichiana y de la Terapia de Experiencia Somática con la integración del conocimiento del sistema neurovegetativo para la autorregulación y la renegociación de traumas hacia estados de salud y equilibrio psicofísico. Esta integración de prácticas y saberes en las propuestas dancísticas, experimentales y pedagógicas de contacto improvisación, ha sido una investigación de muchos años que sigue cada día expandiendo mi curiosidad.

Es en los Jams (encuentros colectivos de improvisación) donde se ejerce la práctica del contact como tal. En estos espacios suceden aprendizajes profundos al ser lugares donde las personas ponen en práctica libremente las técnicas y experiencias adquiridas en las clases sistematizadas. Los jams son el escenario de múltiples, interactivas, no jerárquicas y autorreguladas manifestaciones expresivas. La pedagogía de esta forma de danza está completa cuando se conjugan la participación en los jams y las clases técnicas. Los jams son, al mismo tiempo, espacios integrales de aprendizaje, creación, entrenamiento y presentación.

Aportando a la práctica de danza de contacto improvisación y al campo de la danza en general, las clases y jams que proponemos tienen el potencial de ampliar la conciencia y generar una comunidad de personas abiertas a aprendizajes significativos filosóficos, políticos y somáticos a través de una comunicación creativa y no violenta. Agradezco mucho por haberme dado la oportunidad de compartir estas reflexiones sobre la exploración que venimos desarrollando. ¡Viva la danza!

 

Uruguay. Enero  2021.

Un hombre, sobre sus rodillas y manos como puntos de apoyo. Sobre su espalda se recuesta un hombre y mira hacia el techo. Alrededor de ellos, un grupo de personas.
Foto: Mauricio Rodríguez

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