Por las comprometidas y audaces pedagogías de la dulzura

Durante mucho tiempo, prevalecieron prejuicios sobre los quehaceres de la danza. Se pensaba, por ejemplo, que las múltiples prácticas dancísticas estaban reñidas con la reflexión y que sus saberes (diversos, numerosos, ricos en crecimiento y debate) eran más bien habilidades y no conocimientos plenos. Pero cualquiera que se haya acercado a la danza con atención y respeto habrá constatado la amplitud de los debates, el compromiso artístico, y también cognoscitivo y ético de sus hacedoras y hacedores, la audacia de sus apuestas, la hondura de sus preguntas.

Las y los danzantes son sabios que interrogan al mundo y a sí mismos con el movimiento a partir de la condición, por todas y todos compartida, de ser sujetos en carne. Este continuo interrogarse danzando es una de las maneras de la intelección humana, de su diálogo con la incertidumbre. Este ejercicio intelectivo atraviesa todos los modos de la danza: el aprendizaje, la enseñanza, la interpretación, el montaje, de tal forma que la danza está llena de saberes en producción, que suelen trascender la imagen habitual con la que se piensa la enseñanza dancística como un estricto adoctrinamiento -reiteración afanosa de lo ya sabido- porque si bien puede existir -como en toda práctica, toda disciplina- esta dimensión de la apropiación de lo conocido, la danza es sobre todo exploración y apertura de mundos. 

A los prejuicios nombrados líneas arriba, hay que sumar el de que la danza existe como negación de la palabra. Pero lo ya descrito tendría que avisarnos de las muchas voces que, explícita o implícitamente, están diciéndose, jugándose en las maneras de existir de la danza. Esto es muy importante, porque si es verdad que la danza es, en principio, una praxis profundamente libertaria, también es cierto que existe en los debates y conflictos de las sociedades realmente existentes. La danza no es ajena a la contradictoria constitución histórica de nuestras sociedades en las que se enfrentan diferenciados proyectos de humanidad. De esta manera, así como la danza puede dar lugar a una escucha de las razones de los cuerpos -su necesidad de sonrisa, encuentro y juego de las reivindicaciones eróticas, étnicas y de género- también puede estar habitada por las tributaciones a los paradigmas de la blanquitud, a las formulaciones estrechas y eurocéntricas de la belleza, a las objetualizaciones patriarcales de los cuerpos, a las exigencias de la competitividad virtuosa. Muchas de estas tribulaciones se viven en los mandatos acaso silentes pero atronadores de paradigmas estéticos, pedagógicos y relacionales naturalizados. Entonces, se hace necesario darles voz a esos mandatos naturalizados para someterlos a crítica y abrirles camino a otras maneras de constituir a los y las sujetos danzantes. Caminos otros arraigados en la escucha y el respeto, en el debate con el sentido común dancístico dominante.

Todo lo dicho hasta aquí se juega concentradamente en el encuentro pedagógico, esa situación civilizatoria esencial en la que los y las docentes se enfrentan a las preguntas del ¿qué?, ¿cómo? y ¿para qué enseñar? Y lo que observo en las reflexiones reunidas por Paulina Peñaherrera y su equipo es el extremo cuidado con el que las bailarinas y bailarines, aquí publicados, asumen su responsabilidad docente, la prolija atención y escucha que despliegan ante la fragilidad y singularidad de sus estudiantes. Percibo la mucha inteligencia y la mucha dulzura de su actitud pedagógica y testimonio el esfuerzo de articular y producir muchos saberes llenos de matices y preguntas. Constato también que esa dulzura no es ausencia de pasión sino definido compromiso ético. Me conmuevo y lo celebro.

Por todo lo escrito celebro la publicación de estos archivos y agradezco la invitación a ser testigo de las conversaciones, mediante las cuales, se fue conformando este volumen de reflexión coral. La elección de este método no es algo secundario pues no hay que olvidar que la conversación es una de las formas más cordiales de la reflexión compartida. Las charlas fueron posibilitadas por preguntas detonadoras que permitieron enunciar esas voces implícitas, pero potentes de las que hablábamos antes y en las que manifiestan las apuestas pedagógicas y civilizatorias de las convocadas y convocados. Digo civilizatorio y no exagero porque de eso se trata: de contribuir, desde el territorio de la danza, a la construcción de nuevas y mejores maneras de ser personas, ciudadanos y ciudadanas, sujetos en encuentro mutuo respetuoso y enriquecedor.

Enhorabuena.

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