Vanessa Pérez Valencia

¿Qué es para mí bailar?

Mis primeras danzas o al menos de las que estoy consciente, sucedieron en juegos de la tarde con mis hermanas, saltando de sillón en sillón, imaginando el Grand Jeté de Jonh Travolta a lo Staying Alive. Bailábamos porque era una forma de ser felices y heredamos de nuestros padres ese gusto por movernos al impulso de todos los hits de los ochentas.

Mis primeras clases de danza, siendo aún una pequeña niña, me brindaron un lugar particular para este encuentro con la música del aire y del cuerpo, de modo que precozmente se develó ante mí un sendero que decidí tomar sin ningún cuestionamiento. Bailar es una forma de interpretar el universo.  Trepar los árboles de la casa de mi abuelo, las largas caminatas con mi padre, nadar y zambullirme los fines de semana en el agua, dejaban en mi cuerpo la insaciable necesidad por el movimiento.

Quizá, en un inicio, para mí, bailar era una especie de fiesta, de espectacularidad; sin embargo, ya adolescente, comprendí que mi danza se daba como una forma de sobrevivencia; ¿Qué sería de mí sin esas extensas horas bailando desenfrenadamente para aliviar todos los miles de días que me llevó comprender la eterna partida de mi padre?

De la celebración a la sobrevivencia, así se transforma mi definición sobre lo que es bailar.

¿Enseño lo que bailo?

Lo que puedo enseñar tiene que ver con mi propia experiencia o con mi propia danza. El conocimiento que mi cuerpo logra digerir es lo que puedo transmitir; sin embargo, en muchas ocasiones, tras conocer con mayor profundidad los cuerpos de aquellos con quienes comparto en el aula, surgen nuevos saberes, van apareciendo conexiones diferentes en el cuerpo que muchas veces me sorprenden y, sin duda, han cambiado mi baile. Es decir, en primera instancia o de cierta forma, afirmo que enseño como bailo, pero también llego a bailar como enseño.

Esta reciprocidad entre estudiante-profesor en los procesos de enseñanza-aprendizaje crea metodologías vivas y espontáneas que surgen en caminos de búsqueda constante, persistente, casi como un acto de fe. Al mencionar la fe, me refiero a un acto de intuición, comprendiendo la intuición como un sendero sensible hacia la escucha y el accionar como respuesta generosa y coherente a la de una exploración compartida donde no existe una verdad absoluta sino un diálogo a partir del movimiento y del cuerpo presente.

¿Cómo aprendo?

Aprendo en el hacer. Y el hacer viene cargado de posibilidades pues las vías por las que transita el aprendizaje son tan diversas como las necesidades que pueden surgir en el camino.

Este recorrido que hacemos en el aprendizaje no es lineal, mucho menos continuo. Puede pasar una cantidad considerable de tiempo desde cierta situación en la cual no logré conectar o comprender algo que estudiaba y de pronto, mucho después, aparece un pequeño detalle que logra gatillar un maravilloso insight, esclareciendo así una cadena de dudas desde donde emanan potencialidades desconocidas.

Frente al hacer, podría decir, complementariamente, se encuentra el no hacer. La pausa es tan importante como la acción. Son momentos imprescindibles donde el material de estudio decanta y se sistematiza en el cuerpo. 

En lo posible, busco degustar, saborear cada elemento de lo que estoy por conocer; no concibo engullirme de información, no me es posible digerir de esta  manera. Tal como disfruto de una copa de vino, tomo un tiempo para que el vino respire, después aprecio el aroma, tomo un bocado y lo sostengo en la boca hasta sentir el sabor de la madera y recién allí me es posible pasarlo por mi garganta.

Ahora, también está la ansiedad por aprender. Hay momentos que no se sabe por dónde empezar. El paso inicial puede ser el más complicado. Aventurarse y lanzarse a una frase de movimiento, una nueva exploración o hasta un ejercicio de escritura complejo conlleva un gran derroche de energía.

¿Cómo aprendo? Los mecanismos se transforman como mi danza, observar es útil en algunos casos cuando busco entender el movimiento, pero también alimentar el imaginario o hacer uso del prolífico sentido del tacto. Lo cierto es que no existe una fórmula; existe sí, una constante desde mi perspectiva que es la calma, la confianza en el proceso que se está vivenciando, pues no puede consolidarse ningún aprendizaje a partir de la presión o del estrés.

La satisfacción de una lección superada o un trabajo logrado se da a partir de un proceso amoroso con una misma, se da a partir de la complicidad de un compartir con los/las otros/as. 

Enseñar/aprender es un acto de amor.

Guayaquil, 2020

Vanessa Pérez

Foto: Jorge Espinosa

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