“Algo en mi cuerpo me dijo…”: pedagogías y conocimientos encarnados en danza.

Encabeza el texto una ilustración de colores, es un dibujo abstracto de Valeria Andrade.
Ilustraciòn: Valeria Andrade

¿Qué es bailar para ti?

 

En términos sencillos es todo. Toda forma de sentido que se convierte en conocimiento, para mí es baile. Es esta percepción sensorial que moviliza el cuerpo de forma necesaria para activar la información inscrita en la memoria corporal.

La danza tiene que ver con mi infancia. En la década de los  setentas, en el 73, crecí jugando en la calle sin el menor peligro o tal vez, sin la percepción del mismo. Esto hizo que desarrolle una corporrealidad, una realidad del cuerpo a través del juego. Por otro lado, no tuve una formación católica y este hecho ha convertido a mi cuerpo en un lugar de goce, sin demasiada relación con la culpa; detesto toda imposición o precepto de cualquier moral instrumental, porque sella la posibilidad de dar sentido. A medida que cumplo años, se reafirma este goce, la libertad de vivir en un cuerpo sin códigos dogmáticos, de experimentar la plenitud del juego en las calles. 

 

La danza convirtió mi cuerpo en una corporalidad cognoscente (de conocimiento corporizado y de una corporeidad pensante). Para mí bailar es vivir, por ejemplo, a través del yoga kundalini, de la barra de ballet, o cuando me revuelco en el piso (en la danza contemporánea), también cuando voy a fiestas.

La danza no solo tiene que ver con la improvisación. Yo la practico cuando doy clases de investigación en la Universidad de Las Américas (UDLA) a tiempo completo. La metodología que aplico con mis estudiantes es netamente corporal. Es intentar, errar, repetir y repetir, lograr, comprender, aprender.

 

¿Qué sucede en tu proceso de formación-aprendizaje?

Mi juventud fue una tortura. Por una parte, tuve increíbles y hermos@s maestr@s cubanos en mi adolescencia que asentaron bases técnicas muy importantes; pero luego aparecieron otros, no los considero maestros, fueron unos deformadores terriblemente violentos, que opacaron toda posibilidad de desarrollo y conocimiento. A punta de insultos, (refrigeradora de doble puerta, armario…) instalaron en mi autopercepción corporal y en mi cuerpo en sí, el trauma. Vomitaba ocho veces al día; por este motivo tuve que alejarme de la danza para reconstruirme a mí misma. Sufría de profundas depresiones, pero no comprendía lo que estaba viviendo.

 

A mis 20 años tuve la necesidad de despojarme de todo, eso incluía la violencia normalizada en la formación en las escuelas de ballet y de danza moderna. Me encontré con el amor; empecé a verme de forma distinta, desde un lugar amable que se me había negado en la danza.  Desde entonces, inicié un proceso de desaprender para poder reconocerme y experimentarme y volver a aprehenderme en la danza.

 

A los 30, tuve la necesidad de legitimarme como bailarina en la institución-danza que privilegia la destreza corporal, la fuerza interpretativa propia del cuerpo joven. Este hecho, a mi parecer, opera muy fuertemente y nos construye psicológicamente.  Pienso que el disciplinamiento tiene dos lados. Por una parte, es muy productivo porque uno aprende ciertas tecnologías que impulsan, mejoran, efectivizan;  pero, por otra, puede ser totalmente coercitivo.

 

He sido valiente, también necia. Si ese goce del cuerpo, ese impulso del deseo de infancia no hubieran sido lo suficientemente fuertes, habría dejado de bailar. Este despojo de malas enseñanzas ha implicado comprender mi cuerpo andino, más allá de las miradas llenas de juicio de mucha gente; ha implicado construir mi propia mirada sobre mis supuestas  “malas posturas”, mis caderas anchas, mis hombros anchos. Ha sido desaprender ciertos usos sociales perversos, violentos, del cuerpo; que vienen de la mano de la hegemonía de las prácticas y estéticas de la danza instauradas en todo el mundo.

 

En la actualidad, tengo la necesidad de experimentar este nuevo cuerpo que asoma con el pasar de los años y mi cuerpo cambia, mi psiquis se transforma; intento arribar a un lenguaje que dé cuenta de las posibilidades interpretativas que se profundizan en un cuerpo que no desea más la destreza como modo de autovalidación. Me planteo a mí misma desde mi “todo corporal”. Es verdad, carezco de la misma fuerza, a veces me duelen las rodillas, pero me reconstruyo con aprendizaje constante, me despojo de ciertos prejuicios y hablo desde ahí.

 

Finalmente, es importante distinguir los usos de las distintas técnicas de danza, sigo entrenando con el ballet, con mis casi cincuenta años; porque es una tecnología que está arraigada en mi memoria muscular y es muy sencillo volver a ella. Es muy útil para mí,  para entrenarme muscularmente, para seguir experimentado la relación con la gravedad, la alineación, el trabajo espiral ascendente, el peso con su balance, los saltos, los desplazamientos, los giros. En definitiva, me divierto mucho conmigo misma cuando me pongo frente a la barra con los ojos cerrados y las células se activan y empiezan a dar sus funciones.

 

¿Cómo vivió la danza en la pandemia?

En la pandemia, fue fundamental para mi sanidad emocional, mental y corporal, establecer un horario diario de trabajo, que más que rutina, es un ritual. Empieza la danza en el aseo del cuerpo tanto como del espacio, mi vivienda se volvió una prolongación de mi mente. Cada día hice kundalini yoga y luego una “barrita” en el mesón en mi chiquito, adaptándome al espacio. Daba clases y trabajaba frente al computador, luego bailaba sola horas de horas, para sacar el cansancio y el malestar. Finalmente, meditaba mucho tiempo antes de dormir. Fue un tiempo muy intenso de autoconocimiento, estuve muy sola, con mi gato gordo nada más, durante esos muchos meses, extrañé el calor humano, viajé a profundidades increíbles en las meditaciones, comprendí muchas cosas de ciertos orígenes, sané, renací después del dolor inmenso de la partida de mi bella hija. Fue todo muy loco en el confinamiento. Fue importantísimo. 

 

¿Cómo llevas estas enseñanzas a tu clase?

En nuestra sociedad, tristemente, la docencia es muy poco valorada, a pesar de la inmensa responsabilidad que ello implica. Yo no era capaz de dar clases, hasta que cumplí 40, algo en mi cuerpo me dijo: “ya puedes ser profesora” ¡Sí!, ya que comprendes tu propio conocimiento, puedes transmitirlo a otras personas. Hay que comprender que la enseñanza de la danza tiene que ser muy bien pensada, diseñada, planificada. Con respecto a la metodología, enseñar cualquier técnica es saber dónde se empieza, a dónde se quiere llegar y sobre todo, cómo hacerlo pasito a pasito, con amor y con paciencia. Este hecho me resulta complicado en la danza contemporánea (en el caso del ballet se sabe a dónde se quiere llegar y cómo hacerlo), pienso que la formación debe ser más consciente. No se puede realizar un calentamiento rápido, levantarse y lanzarse al piso sin tomar el tiempo de planificar. Una planificación es fundamental y debe tener su propia rigurosidad, tanto en el tiempo del aula, como a lo largo de las semanas y luego de los meses.

 

Cuando trabajas con cuerpos, con personas, tienes que saber cómo empezar, qué ejercicio viene, qué estás utilizando, cómo lo vas a utilizar. La metodología es un proceso detallado, sistemático que conduce en un pasito a paso a logros inesperados; quiero decir, que es maravilloso cuando un estudiante logra hacer algo que ni siquiera lo imaginaba. Por otro lado, una metodología mal aplicada puede destruir tendones, romper articulaciones (no por el hecho de ser uniones fuertes entre dos huesos dejan de ser delicadas). Cuando impartía clases en 2009, en el Instituto, tenía estudiantes de quince añitos que ya tenían lesiones, incluso operaciones en las rodillas. Imagínate eso.

 

Desde mi experiencia, es necesario desarrollar herramientas para que todos los alumnos gocen de sí mism@s, de sus habilidades y posibilidades corporales y con el desarrollo de una metodología que no lastime sus cuerpos. ¿Cómo construyes ese fortalecimiento en una clase de danza contemporánea? Esto es un reto para mí. ¿Cómo se cambia una formación violenta, en una sociedad que generalmente tiene un trato súper violento sobre el cuerpo?

Varios bailarines de 20, 30 años, tienen todavía impregnados estos valores de la danza: el cuerpo esbelto, la destreza técnica, las “maromas”. Cómo reconocemos que estamos construidos por estos estereotipos. Veo a varios jóvenes sobre cemento; ahora no prestan importancia a los movimientos bruscos, luego va a ser difícil. El cuerpo joven está instalado sobre el silencio, si tienen dolores no lo mencionan, no se nombran aquellos temores que pueden hacer un cuerpo más receptivo, más cuidado. En el caso de muchas chicas, están condicionadas a no hablar, a no dar su opinión. No creo que sea porque no quieren; sino porque no tienen las herramientas. Los chicos y chicas no tienen herramientas de autocomprensión, no saben expresar un dolor de espalda. Varios confunden el dolor con esfuerzo; entonces, se piensa que se debe “soportar el dolor en nombre de la disciplina del ballet”. En nuestra cultura, la moral católica instaura el sacrificio para el trabajo, el sudor/sangre que deben aparecer cuando se hace danza. Se piensa que es una cosa de martirio, entonces, hay que ser martirizado para tener valor social. Si hay goce, contento, no tiene valor social.

 

La responsabilidad de la enseñanza, aparte de ser la trasmisión de conocimientos, creo que está en facilitar herramientas que les permitan a los jóvenes, comprender.  Saber cosa por cosa para poder hacer conexiones con cada aspecto de su psiquis, de sus emociones, de su cuerpo. Creo en una metodología feminista, liberadora, en contra de la productividad del sistema. Hace falta una pedagogía del cuidado. La docencia para mí, es una actividad maternante. Hay que ayudar a que el otro crezca; es una perspectiva que está por encima de la ganancia material. El tacto de la madre nos dice que un cuerpo es querido, que es acogido, es un materialismo de la ensoñación.

 

 ¿Enseñas lo que bailas?

Como había mencionado, bailar es conocer el mundo a través de una experiencia de goce, donde se relaciona el cuerpo a la escritura. El conocimiento se produce con y en el cuerpo. Quiero decir que podemos tener la información en la mente, pero cuando estas ideas se encarnan, cuando estas ideas organizan la materia, pasa a ser conocimiento. Creo que el conocimiento es la encarnación de la información, de las ideas, de los pensamientos.  Por eso, la docencia no es información, por el contrario, es presencia. Un maestro llega a serlo porque a través de su misma presencia, transmite vibración y sostiene un compromiso con su palabra que viene de la voz generada en el cuerpo con un aliento que trae consigo pensamiento; con el pensamiento, viene la energía, la intención. Todo eso es muy corporal aunque sutil.

 

¿De dónde viene el pensamiento? ¿Cómo se aprende? ¿Qué significa encarnar, cuando la energía de la información penetra cada célula? Frente a estas preguntas, pienso que existen procesos de aprendizaje que no se escinden del cuerpo. El cuerpo contiene información, memoria (en su materia). La información se aprende cuando se encarna; no se trata de un sistema de signos, sino de un proceso material, una ruptura de la teoría de Platón sobre la idea, un alejamiento. La idea es una reminiscencia. Cuando se habla de conocimiento, apelo al significado desde Merleau Ponty, que entiende a la relación del ser en el mundo como un proceso pre-lingüístico, un algo “corporal”, una energía que permea la materia antes que el signo; es un impacto sensible que me conduce a un conocimiento sensible de lo que me rodea.

 

La danza es una forma de conocimiento, no es una metáfora, no es retórica. El aprendizaje es corporal y el docente tiene que apropiarse de lo que va a enseñar, hacer cuerpo el saber. Ahí está la metodología, en la pregunta: “¿Cómo le hago?” Creo totalmente que enseño lo que bailo. Desde el yoga, la danza o desde la metodología de la investigación.

 

El diálogo con: Valeria Andrade, Paulina Peñaherrera, Viviana Sanchez , Javier Contreras

2. Una foto en una sala de trabajo con varios bailarines sentados. Hay muchas luces de escenario encendidas.
Foto: Gonzalo Guaña

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